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boletín informativo de Fundación Vida Sostenible
Núm. 113 – 11  de febrero de 2016

“NO, NO SE HA DETENIDO A NADIE POR TENER PLACAS SOLARES… NI SE DETENDRÁ.
Con el cambio de la legislación sobre suministro eléctrico se han introducido una serie de condiciones para quien desee producir su propia energía. Incumplirlas NUNCA ES UN DELITO, por lo que el responsable NO PUEDE SER DETENIDO POR ELLO. En todo caso, podría ser propuesto para una sanción económica y no lo haría la Policía (que se encarga de los delitos) sino la jurisdicción civil (los juzgados de primera instancia) o mercantil. “

Esta extraordinaria declaración se publicó el 16 de octubre en la cuenta de Facebook de la UIT (la unidad de investigación tecnológica de la Policía Nacional). Se refiere a un bulo publicado en el blog energíaslibres.org: “Triste noticia en España: primer detenido en Ávila por tener placas fotovoltaicas para autoconsumo”, que corrió como la pólvora por las redes sociales y provocó el desmentido oficial. De manera que podemos estar tranquilos: no nos van a detener por instalar una placa solar, solo nos van a poner una multa. ¿Cómo se ha llegado a esta estrambótica situación?

 

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Una de autoconsumo

No sabemos que habría pensado Tomás Moro, autor del libro “Utopía “ (1516) de la energía fotovoltaica, pero sí podemos imaginar la utopía del autoconsumo. Fue en un extenso país no muy poblado y con gran cantidad de horas de sol en la mayor parte de su territorio. Se construyó a partir de un buen sistema de red eléctrica, capaz de gestionar miles y miles de puntos dispersos de producción y de consumo de electricidad, lo que se consiguió gracias a la experiencia previa de gestión de miles de aerogeneradores.

Cuando el precio de los paneles solares fotovoltaicos bajó, al mismo tiempo que su rendimiento se elevaba drásticamente, resultó que todas las piezas estaban en su sitio: una tecnología accesible capaz de aportar mucha energía renovable al sistema, rápida de amortizar y que podría aliviar mucho la carga del recibo eléctrico de las familias, y una red capaz de gestionar toda esta miríada de productores y consumidores a la vez.

Se produjo un círculo virtuoso: los precios de los paneles bajaron a medida que se fabricaban de manera masiva para satisfacer una demanda creciente, etc. Con el tiempo, llegó a estar mal visto no tener un panel solar, aunque fuera pequeño,y la gente empezó a instalar pequeños aerogeneradores y toda clase de artilugios de captación, reciclaje y ahorro de energía. Al fin, se había cumplido el sueño de una energía abundante, limpia y barata.

Ahora vamos a la cruda realidad. El gobierno no va ayudar a la gente que quiera producir su propia electricidad, va a penalizarla mediante el llamado “impuesto al sol”. Aparte de los argumentos técnicos, financieros y legales,  el objetivo es ahogar el autoconsumo eléctrico en la cuna. ¿Por qué alguien querría algo tan contrario al sentido común y al bien común? La respuesta comienza cierto día del lejano año de 1944. Fue entonces cuando José María de Oriol y Urquijo, el infatigable líder de la industria eléctrica (y de muchas otras empresas industriales y financieras) mantuvo una entrevista con el general F.F. Bahamonde, un oscuro dictador que gobernó España entre 1939 y 1975.

 

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Llegaron a un pacto de caballeros: el Estado no nacionalizaría la industria eléctrica (como se hizo efectivamente en Francia con EDF, en Portugal con EdP y en Italia con ENEL) y a cambio la industria garantizaría un suministro a precios razonables. El pacto fue respetado escrupulosamente desde entonces, a partir de 1977 con gobiernos democráticamente elegidos. Se trataba de terminar con la anarquía de múltiples compañías e innumerables fábricas de luz suministrando energía sin orden ni concierto. Unesa cumplió su palabra, se creó un robusto sistema eléctrico.

Es verdad que se confió demasiado en el carbón y que luego se apostó en exceso por la energía nuclear, pero también se creó una buena red de centrales hidroeléctricas y se sentaron las bases de Red Eléctrica de España. Los primeros balbuceos de las renovables de nueva generación fueron vistos con buenos ojos por Unesa, que expresó en un documento de 2007 (Prospectiva de generación eléctrica 2030) su objetivo: un sistema eléctrico un tercio renovable, un tercio nuclear y un tercio fósil.

Actualmente, la producción renovable supera el 40% y crece, a pesar del parón de los últimos años, porque se siguen poniendo en marcha centrales (singularmente termoeléctricas) comprometidas con anterioridad. El problema es que las centrales de ciclo combinado, la principal inversión de las eléctricas en los últimos años, pasan cada vez más tiempo apagadas. Están entre la espada (las pujantes renovables) y la pared (la inamovible producción nuclear).

Una generalización del autoconsumo supondría multiplicar la producción solar de electricidad. A diferencia de la hidráulica, que ya está muy trillada, y de la eólica, una energía madura, la fotovoltaica tiene ante sí enormes posibilidades. Podría llegar a suponer un buen porcentaje de la producción total en poco tiempo. Formaría la base de un sistema eléctrico distribuido, discreto, a prueba de fallos, de millones de consumidores/productores conectados en red (ya volvemos a la utopía).

 

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Según los datos disponibles, en otros países de la UE no se ponen tantas trabas al autoconsumo. En Alemania se subvenciona abiertamente. La UE, en un reciente documento sobre política energética, dice textualmente “Los consumidores deben tener la libertad de generar y consumir su propia energía en condiciones justas para ahorrar dinero, proteger el medio ambiente y garantizar la seguridad de suministro”

En España, el R.D. 900/2015 establece el meollo de la cuestión: “La generación distribuida presenta beneficios para el sistema”, [es decir, reduce costes] […] “No obstante, la generación distribuida no reduce los costes de mantenimiento de las redes de transporte y distribución “ […] … provocando, en algunos casos, costes de inversión adicionales en las redes para adecuarlas a las necesidades derivadas de dicha generación distribuida”. Ítem más: [el consumidor con autoconsumo]”… se beneficiará del respaldo que le proporcionará el conjunto del sistema eléctrico aun cuando esté autoconsumiendo electricidad producida por su instalación”.

Así que todo se reduce a establecer lo que vale ese “peaje de respaldo” y  traducirlo a euros. El peaje se ha establecido en una cifra que hace prohibitivas estas instalaciones para el usuario doméstico. El resultado final es que una instalación fotovoltaica, que se podía amortizar en cinco años, ahora necesitará diez o doce. No salen los números. Según la consultora The Boston Consulting Group, sin esta cuantía de peaje de respaldo, el número de instalaciones fotovoltaicas se dispararía y el recibo de la luz general se incrementaría en un 6%. Con el cuantioso peaje establecido, el número de instalaciones fotovoltaicas de autoconsumo se reduciría sustancialmente y el recibo de la luz se quedaría como está (risas al fondo de la sala).

El problema está en qué ponemos en los platillos de la balanza: si evitar una hipotética subida del 6% del recibo de la luz (que no parece mucho vista la escalada de precios de los últimos años) o sentar las bases de un modelo energético sostenible, basado en la generación distribuida y las renovables (a veces hay que ponerse solemne). Sin contar la cantidad de gases de efecto invernadero que se dejarán de lanzar a la atmósfera, que también salen por un pico, o de gases nocivos para nuestra salud que no se producirán, lo que tiene un valor difícil de calcular pero seguramente grande.

 Jesús Alonso

Iniciativas y otras cosas

CSP Today, órgano de difusión de la industria termosolar

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