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boletín informativo de Fundación Vida Sostenible
Núm. 113 – 11  de febrero de 2016

 

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El documento más importante del mundo

“Que yo te quiero mucho, Manolo, que yo ahora mismo te prestaba veinte duros”. Este diálogo clásico que recoge Luis Carandell en Vivir en Madrid define bien el resultado final de la COP21 de París. No hay más que sustituir a Manolo por nuestro Planeta y los veinte duros por la promesa de no subir la temperatura más de dos grados. ¿Es mucho o es poco esta promesa tan sentida?

Doctores tiene la ciencia de los compromisos internacionales sobre el cambio climático, pero del documento final se deducen varias cosas, por lo general esperanzadoras:

• Han firmado todos, 195 países, incluyendo a China y Estados Unidos. Las negociaciones han sido arduas, a su lado las reuniones de una comunidad de vecinos parecen poca cosa.

• Se ha reconocido con claridad la gravedad del problema, y se ha fijado una meta concreta (2ºC).

• Se ha planteado un complejo mecanismo legal de ratificación, firma y desarrollo del acuerdo. El punto de partida está claro.

Por el lado menos bueno, no se dice casi nada sobre la manera de conseguir que el calor no suba de dos grados: no se fijan metas de reducción de uso de combustibles fósiles, se abre la puerta a usar el secuestro de carbono y se mantiene igual el actual e ineficiente mercado de derechos de emisión de CO2.

Pero en general el resultado de la COP21 es muy bueno, y todos sabemos que va a ser el punto de inflexión cultural de todo el asunto del cambio climático. A partir de ahora, será más difícil despreciarlo como fruto de la imaginación de algunos calentólogos.

 

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Todos los partidos de acuerdo: la eficiencia energética es buena

La parte medioambiental de los programas electorales es como la carta de postres de una tasca con pretensiones: mucho azúcar, nata y nombres elegantes, como “profiteroles al kirch” que luego resultan ser unos bizcochos borrachos de toda la vida. En espera de algún estudio más detallado y mejor, no hemos tenido más remedio que echar un ojo a los programas de los cinco mayores partidos (PP, PSOE, Izquierda Unida, Ciudadanos y Podemos) en lo que se refiere a la sostenibilidad cotidiana.

Todos apuestan por la economía circular y todos dicen que van a bajar el recibo de la luz. Ese es el consenso básico. PSOE, Izquierda Unida, Podemos y Ciudadanos plantean además la Transición Energética a un nuevo modelo de energía sostenible basado en las renovables y la eficiencia, amén. PP no llega a tanto, habla con más timidez de “potenciar la penetración de las energías renovables en el mix energético”, siempre que sean compatibles con la llamada “sostenibilidad financiera”. La propuesta de los otros cuatro partidos de transición energética parece inspirada en la Energiewende alemana, y en realidad es un concepto que dentro de poco todos los partidos tendrán que apoyar.

PSOE, Izquierda Unida, Ciudadanos y Podemos dicen claramente que van a eliminar el llamado “impuesto al sol” y a apoyar el autoconsumo. Todos los partidos sin excepción apuestan por la eficiencia energética, que suena muy bien y no compromete (ni siquiera los más encallecidos antiecologistas están en contra de la eficiencia energética). En aspectos concretos, PP declara su apoyo a la energía nuclear y Podemos su rechazo al fracking, mientras que PSOE plantea terminar con la pobreza energética mediante “una garantía pública de acceso a la luz y el agua” e Izquierda Unida plantea medidas concretas de lucha contra la pobreza energética. Aquí se puede ver una tabla general de comportamiento ambiental de los partidos que ha elaborado Greenpeace.

 

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 Sorpresa en Madrid

Como era de esperar, el protocolo de medidas a adoptar para combatir los episodios de contaminación (aprobado en marzo de 2015)  se ha aplicado ya dos veces, una en noviembre y otra en lo que llevamos de diciembre. En ambos casos se ha llegado al nivel dos (prohibición de aparcamiento en el interior de la almendra central a los no residentes), pero el nivel tres (solo se permite circular a matrículas pares o impares) no se ha aplicado todavía. Siendo estas medidas equivalentes a usar un extintor para apagar un fuego, obligadas y necesarias para evitar un mal mayor (un incendio o una atmósfera tóxica) es interesante señalar que han sido polémicas.

Es decir, en lugar del gran suspiro de alivio colectivo que se podía esperar –por fin alguien está haciendo algo para proteger nuestros pulmones– lo que más se han oído han sido quejas. Según ABC, “las restricciones del tráfico de Carmena” (como si fueran un capricho de la alcaldesa) han provocado el caos, el hundimiento del comercio y la infelicidad ciudadana general. Según otros medios, no sirven para nada y lo que hay que hacer es sanear las calefacciones (que fueron la principal fuente de contaminación atmosférica de Madrid, pero que ya no lo son) o cambiar los motores de los autobuses municipales. Muchos se quejan de la “improvisación” de las medidas, que no les da tiempo a planificar sus vidas, pero la climatología es así, aunque es algo que el nuevo protocolo previsto para antes de que acabe el año tendrá en cuenta.

O propugnan medidas estructurales. Además de las puramente tecnológicas, como “sostenibilizar” toda la flota de autobuses municipales y hacer lo mismo con la de taxis, habrá que tomar, sí o sí, medidas de restricción del tráfico en el centro, totales o parciales: peatonalización masiva, tasa de congestión, prohibición de entrada de vehículos sin distintivo verde, etc. El problema es que no hay un “consenso básico” sobre esta cuestión, como lo hay en la lucha contra el maltrato infantil. La derecha en general considera el uso del vehículo privado como un derecho inalienable, que trae riqueza a las ciudades. La contaminación sería un fenómeno natural, que desaparece en seguida por sí solo. La izquierda en general considera que el uso del coche en la ciudad debe estar sometido a restricciones en aras de la salud pública, y que la contaminación debe ser erradicada. Así se explica (en parte) el extraño debate que siguió a las históricas primeras medidas que tomó Madrid para reducir la contaminación reduciendo el tráfico.

 

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Iniciativas y otras cosas

La economía circular ataca de nuevo

Podemos citar tres medidas concretas, y hay muchas más en el documento recientemente aprobado por la Comisión Europea: cambiar la manera en que se informa de las fechas de caducidad y consumo preferente de los alimentos, declarar la “reparabilidad” como una característica obligada de muchos productos, o establecer estándares de calidad para las materias primas secundarias (los residuos separados). Y hay muchas más. También se prevén problemas, como que la economía circular va en dirección opuesta a un sistema económico basado en el consumo masivo de artículos de usar y tirar. Sin llegar al extremo de tener que entregar las zapatillas viejas para poder comprarte unas nuevas (se trataba de reciclar el valioso caucho de la suela), todo esto va a traer interesantes cambios a nuestra vida cotidiana.

 

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