La pandemia actual causada por el Covid-19, ha causado una serie de cambios sociales que han repercutido en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Entre muchos de estos aspectos, se encuentra la movilidad en las ciudades, la cual actualmente es bastante distinta a lo que conocíamos antes, aunque aparentemente no haya cambiado tanto.

El teletrabajo, ha sido una medida adoptada por muchas empresas o entidades para evitar el contacto físico en la medida de lo posible durante la pandemia. Aparte de ser una medida de seguridad para los trabajadores y para la población en general, ha supuesto un gran cambio en cuanto a la movilidad se refiere. Además de poder trabajar un poco más desaliñado de lo habitual, está permitiendo evitar una gran cantidad de desplazamientos diarios, lo que a su vez está provocando una mejora de la calidad del aire en las ciudades. Desplazamientos que, en un alto porcentaje, se hubiesen realizado en un vehículo privado y con una ocupación media de 1,2 personas. Claro que, estas medidas no son por amor al arte, y se han realizado de forma excepcional debido a la situación que nos acontece (la pandemia del Covid-19). Mi pregunta es, si no sería viable aplicar esto mismo, al margen de que termine la pandemia, en aquellos casos en los que el teletrabajo no fuese un perjuicio. Es decir, poder aplicar este “no movimiento” de personas como algo normal, siempre y cuando cumpla las condiciones para poder realizar ese trabajo desde casa. Entiendo que a un panadero o a un camionero no le puedas pedir que teletrabaje, pero a alguien que iba a estar igualmente pegado a la pantalla de un ordenador, ¿por qué no?

Para ver esto hará falta esperar un tiempo hasta que todo esto acabe y ver qué ocurre entonces. Pero para aquellos casos en los que fuese viable, supondría una gran cantidad de beneficios, tanto para la población como para el medio ambiente. Nos ahorraríamos fácilmente entre 1 hora y 2 horas de trayecto diarias para ir a trabajar y, en consecuencia, tendríamos más tiempo libre, menos gastos asociados al transporte y menos disgustos por llegar tarde debido al tráfico o a una avería. Además, todas esas personas que no fuesen a trabajar descongestionarían las carreteras y las calles, evitando atascos y aglomeraciones, lo que facilitaría mucho el desplazamiento de aquellas personas sin otra alternativa (ya sea en coche o en autobús) que ir presencialmente a trabajar. A la par, habría una reducción considerable de las emisiones de gases contaminantes en las ciudades, las cuales están asociadas en más de un 80% al tráfico rodado. Un win-win en toda regla que, aunque a mayor escala, ya nos fue demostrado durante el principio del confinamiento, en donde se registraron reducciones de más del 50% en la concentración de óxidos de nitrógeno en varias ciudades tanto españolas como europeas. Sin embargo, no ocurre lo mismo con el dióxido de carbono, ya que para apreciar cambios notables en su concentración debe transcurrir bastante tiempo llevando a cabo este tipo de medidas.

Entonces, ¿ha mejorado realmente la situación del uso indiscriminado del coche privado? La realidad es que no lo ha hecho, a pesar de que circulan menos coches por las carreteras debido al teletrabajo. Aunque el número de desplazamientos es menor, ha aumentado el porcentaje de personas que se desplazan en vehículos privados y ha disminuido considerablemente el porcentaje de ocupación del transporte público. Por suerte, también ha aumentado el número de peatones, ciclistas y usuarios de patinetes. Esto se debe principalmente a la desconfianza general del transporte público, ya que muchas personas lo ven como un medio poco seguro en donde se puede contraer el virus en cualquier momento.

¿Cuánto de cierto tiene esta percepción generalizada? Según los expertos, prácticamente ninguna. Se han realizado numerosos estudios acerca de la posible propagación del virus en distintos medios de transporte público y, en su mayoría, han llegado a la conclusión de que el número de contagios asociados al transporte público se encontraba por debajo del 1%. Los entornos más propicios para estar en contacto con el virus son en el ámbito laboral, el ámbito familiar, los centros de salud y los eventos o reuniones. Además, las dos formas principales de contagio son mediante las microgotas que expulsamos al hablar (saliva) y mediante las micropartículas que emitimos al respirar. Con la mascarilla eliminamos la primera y con la ventilación del transporte público la segunda, de ahí que el metro de Madrid filtre el aire de los vagones entre 24 y 44 veces por hora. Esto sumado a la desinfección constante de barandillas, asientos, tornos y máquinas expendedoras, hace que posiblemente sea uno de los entornos públicos más seguros en donde se puede estar.

Sin embargo, según las encuestas realizadas a la población, la mayoría de las personas se sienten más seguras en otros ámbitos con mayor riesgo (cafeterías, bares, trabajo, etc.) que en el transporte público. Un sentimiento de inseguridad irreal y sin fundamento, al parecer. Algo a tener en cuenta, es que si sigue aumentando el número de coches circulando habrá una mayor contaminación atmosférica. Con el aumento de la contaminación atmosférica, se agravan las consecuencias de las enfermedades respiratorias, como es el caso del coronavirus. A fin de cuentas, es una pescadilla que se muerde la cola sin una causa justificada: coger el coche para evitar ser contagiado y, a su vez, terminar siendo partícipe de que se agraven los efectos del virus. Por no mencionar que de forma periódica tienes que echar gasolina de un surtidor, surtidor que han manipulado varias personas antes que tú. Lo mismo sucede con los parquímetros o los peajes, así que realmente puede que tu coche no sea tan estéril como pensabas.

A pesar de ello, los peatones y ciclistas han ganado adeptos, seguramente por el mismo miedo que muchos conductores le tienen al transporte público, pero al menos estos últimos no agravan el problema de la movilidad en las ciudades. Se podría aprovechar este auge de la movilidad, tanto a pie como en bicicleta, para mejorar y expandir las zonas peatonales y los carriles bici. Es una buena oportunidad y, si se hace a tiempo, puede que se mantenga dicho aumento de peatones o ciclistas, incluso cuando la pandemia se acabe. Esto es de vital importancia, ya que si descuidamos la movilidad sostenible puede que, cuando se acabe la pandemia, nos encontremos peor que al principio.

De momento, no queda más alternativa que confiar en que sea pasajero este miedo al transporte público, seguir fomentando su uso y seguir garantizando la seguridad de sus pasajeros. Por otro lado, esperemos que el teletrabajo pueda instaurarse como algo definitivo, ya que sus efectos son positivos tanto para los ciudadanos como para el aire que respiramos.

Lucas Peces Coloma

Imagen de Igor Ovsyannykov en Pixabay

 

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