La calle de Alcalá desde el edificio del Círculo de Bellas Artes, a las 12:08 horas del 17 de marzo de 2020 (https://www.skylinewebcams.com/)

Dos elementos móviles han desaparecido casi por completo de las calles de Madrid (y de muchas otras ciudades europeas): los peatones y los coches. El confinamiento o cuarentena necesario para frenar la pandemia del coronavirus nos mantiene a todos recluidos en nuestras casas. Este cambio radical en el paisaje urbano no tiene precedentes. En las calles de Preciados y Carmen, donde hace diez semanas hubo que establecer serias medidas para regular el tremendo tráfico de peatones (Preciados solo permitía sentido de bajada y Carmen solo de subida) hoy circulan tres o cuatro personas, de camino a su trabajo o a resolver alguna necesidad urgente (recuerden: #YoMeQuedoEnCasa). Es una desolación que esperemos pase pronto. Para pasear virtualmente por tu ciudad, tienes a tu disposición cientos de webcams que enfocan cada rincón, particulares y del Ayuntamiento o la DGT.

El otro elemento que falta es la riada de coches particulares que inundaba la ciudad a todas horas. Ahora se ven unos pocos circulando con timidez por calles y avenidas. La escasez de coches tiene consecuencias importantes. El aire está mucho más limpio (hay que tener en cuenta que una borrasca ligera ha contribuido también a reducir los niveles de contaminación). En los pocos días que llevamos de confinamiento, la atmósfera ha perdido mucha carga contaminante. Si hace una semana estábamos a niveles medios de 75 microgramos de óxidos de nitrógeno por metro cúbico, con picos de más de 100, ahora respiramos aire de mucha mejor calidad, con 20 microgramos o menos. Es probable que esta limpieza atmosférica se mantenga en los próximos días, y mejor todavía si llueve y hace algo de viento. Puedes consultar los datos en tiempo real en la web del Ayuntamiento.

Lo más extraño es el cambio radical del paisaje sonoro. Aproximadamente el 80% del ruido ambiente en la ciudad procede del tráfico, en varias capas de “sonido sin valor” que van del ruido de fondo, un fragor lejano que llena toda la ciudad y que varía poco a lo largo del día, al pico estruendoso de un coche acelerando en una avenida, además del concierto de bocinazos que se organiza en los atascos. Ahora todo esto ha desaparecido. La ausencia del ruido de fondo permanente revela un paisaje sonoro insólito en el que se pueden oír cantos de pájaros y conversaciones lejanas, como si estuviéramos en un pueblo o pequeña ciudad. ¿Sería posible conservar la limpieza del aire y este fabuloso silencio cuando volvamos a ocupar las calles?