Fotografía: Brunno Tozzo en Unsplash 

 

De toda la vida, dar de comer a un niño puede ser una tarea dificultosa, sobre todo si es un niño consentido o melindroso. Lo normal es que coman de todo y odien unos pocos alimentos, como los callos o la coliflor. También suelen pasar apuros cuando comen carne, que se les hace bola. Era tradición, hasta que se inventaron los potitos, que las madres masticaran los trozos de carne hasta dejarlos listos para los niños muy pequeños.

Ahora hay cada vez más niños, incluso muy pequeños, que declaran que no les gusta la carne, en general. Algunos algo más mayores incluso se declaran veganos. Los padres se llevan las manos a la cabeza y los envían al médico, que suele decir que el niño está perfectamente sano.

Es lógico que lo esté, porque una dieta vegetariana (vegetales, con huevos y algún lácteo) es perfectamente saludable. Incluso una dieta vegana lo sería, si se supera el escollo de la vitamina B12 o cobalamina, que abunda especialmente en alimentos de origen animal, especialmente en el hígado. Es la razón por la que era habitual obligar a los niños a comer filetones de hígado con cebolla, aproximadamente una vez al mes.

Los niños y niñas actuales no conocen otro ecosistema alimentario que el bastante disparatado que disfrutamos ahora, que combina un consumo excesivo de alimentos ultraprocesados con grandes cantidades de carne y lácteos, todo adobado con cantidades industriales (nunca mejor dicho) de azúcar.

Se sabe que, tras la progresión ascendente del consumo de carne y leche entre 1950 y 1990 aproximadamente, lógica pues suponía abandonar los años del hambre, el consumo de ambos elementos está disminuyendo paulatinamente. Al mismo tiempo crece el porcentaje de personas que se declaran vegetarianas o veganas, lo que corresponde a un perfil alimentario propio de país rico. Se sabe que el veganismo / vegetarianismo es más propio de la gente de menos edad, y abunda sobre todo entre los 18 y los 30 años. Aquí entran toda clase de motivaciones ideológicas, así como de cultura gastronómica.

Pero el caso de los niños veganos o casi es distinto. La reacción de sorpresa y alarma de sus padres es significativa. Un niño que declara abiertamente que no quiere ver la carne ni en pintura es considerado como una aberración. Pero, teniendo en cuenta la ausencia de malicia de esas edades tempranas, ¿no podría ser una señal de alerta y de cordura?

Actualmente, en España, verduras y hortalizas se compran a razón de unos 200 kilos por persona y año, pero el consumo de carne y lácteos es de unos 150 kilos (50 de carne, 70 de leche líquida y 30 de derivados lácteos, aproximadamente), lo que parece claramente desproporcionado. Carne y leche en conjunto explican un tercio del gasto total en alimentos. La dieta mediterránea, considerada como una de las más saludables, utiliza la carne con parsimonia, al nivel de unos 20 kilos por persona y año, como muestra con claridad su recetario básico, no consume apenas leche líquida de vaca y hace un uso moderado del queso.

La dieta mediterránea es la dieta más apropiada para las circunstancias ecológicas de la península Ibérica, y su conservación en buen estado es una tarea urgente de salud pública. Se pone mucho énfasis en el excesivo consumo que hacemos de ultraprocesados y de azúcar, pero también es excesivo el de carne y leche. Es como si los niños y niñas veganos (o casi) nos estuvieran advirtiendo de este exceso insano e insostenible.

Jesús Alonso Millán

 

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