Fotografía: Jesús Alonso Millán

Recientemente ha salido a la luz otro estudio (sale uno al año, aproximadamente) que demuestra con datos fehacientes que un coche de motor diésel, teniendo en cuenta toda su vida útil y su proceso de fabricación, ¡contamina menos que un coche eléctrico! Así que ya tenemos los titulares habituales: “Un nuevo estudio asegura que los coches eléctricos contaminan más que el diésel”, que han reproducido con cierto regocijo los medios de comunicación.

Es otro palo en las ruedas del vehículo de pilas, o lo que es lo mismo otro intento de prolongar la agonía de una tecnología obsoleta y contaminante como es el motor de explosión, pero que la industria del automóvil es reacia a abandonar. Los estudios de ciclo de vida examinan todos los impactos sobre el medio ambiente que acarrea la fabricación, uso y “desechaje” de cualquier objeto, desde una taza –se discutió mucho, hace años, sobre si era mayor el impacto de una taza de porcelana lavable o una de plástico desechable– a un automóvil.

Lo que se sabe por ahora es que el coche eléctrico tiene un punto flaco, que son las baterías, pesadas y que necesitan muchos materiales que no abundan en la naturaleza, como el litio, cuya extracción a su vez puede causar serios impactos sobre el medio ambiente. Luego tiene otro elemento peliagudo, que es el “mix” eléctrico que usará para recargar estas baterías. Si el 100% de la electricidad que alimentará las baterías se ha producido quemando carbón, el impacto ambiental de mover el vehículo, por muy eléctrico que sea, será enorme.

Todo esto es verdad, pero se olvida que hay otros factores en juego que le dan mucha ventaja al coche eléctrico por lo que respecta a su impacto sobre el medio ambiente.

El tiempo corre a su favor: año tras año, las baterías almacenan más energía en menor peso y tamaño y con un coste inferior. Al mismo tiempo, el “mix” eléctrico se hace progresivamente más renovable. Los datos de impacto para 2018 se recortarán drásticamente en unos pocos años.

El coche eléctrico puede evolucionar, el diésel no: el automóvil estándar que conocemos, un armatoste de más de una tonelada de peso unido a un motor de explosión, no tiene futuro. El coche va a evolucionar, todavía no se sabe muy bien cómo, a modelos eléctricos ultraeficientes, mucho más ligeros y seguros gracias a tecnologías de conducción automática.

El coche eléctrico no tiene tubo de escape: eso es importante si hablamos de limpiar la atmósfera de las ciudades. Incluso un “mix” eléctrico muy sucio saldría a cuenta si a cambio podemos respirar aire limpio en una ciudad servida exclusivamente por vehículos eléctricos.

No es probable que cada coche diésel sea sustituido por otro eléctrico en proporción de uno a uno, con lo cual tendríamos atascos eléctricos en lugar de diésel (eso sí, menos contaminantes y ruidosos). La proporción más previsible es que varios coches de motor de combustión serán sustituidos por uno eléctrico. Esto es posible por la proliferación del coche compartido, en sus diversas modalidades. Naturalmente, esto bajará el impacto ambiental del coche eléctrico drásticamente.

La duración de un eléctrico es mucho mayor: mientras que la vida útil de un coche de motor de explosión es de unos diez años, la de un electrodoméstico con ruedas como es el coche eléctrico puede ser el doble o el triple (sobre todo si no entra en juego la obsolescencia programada). Eso implica reducir a la mitad o a un tercio la huella ambiental de fabricación del vehículo.

El impacto de operación es muy inferior en el coche eléctrico: los coches eléctricos no necesitan tanto mantenimiento ni reparaciones como los de motor de explosión, pues tienen una mecánica mucho más sencilla. Tampoco necesitan tantos consumibles. Todo esto reduce mucho su impacto ambiental.

Una vez puesto a rodar, el coche eléctrico puede abastecerse de recursos locales: es cierto que un punto flaco (por ahora al menos) del coche de pilas es la necesidad de materiales estratégicos y lejanos para fabricar las baterías. Pero su día a día de funcionamiento, si está alimentado por un “mix” eléctrico renovable, está basado en recursos locales e inagotables procedentes del sol, el viento, el agua y la biomasa. El coche de motor de explosión está conectado de por vida a la compleja, muy contaminante y conflictiva red mundial de abastecimiento de petróleo.

 

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